Por el Lince:
El día sábado, tuve la mala fortuna de salir de descanso de mi soporífero trabajo, y decidí ir a ver que extraña atracción hollywoodense estaban proyectando en el metro. A veces uno tiene suerte y encuentra buenas cosas, en vez de las eternas secuelas de secuelas. Sin embargo como este post no es de cine sino de amargura, no voy a hablar de eso. Tal vez hace meses, aunque no me haya dado cuenta, el Metro, murió.
Quería ver los afiches de las próximas películas, y me recibió la sonrisa falsa de un candidato político. Quise oler las crispetas y encontré polvo (que no quise oler). Quise verme reflejado en sus cristales, y estos me devolvieron una fragmentada imagen de mi motocicleta. Ratas habitan sus salas ahora. No entré pero estoy seguro de ello. Quise ir a Cine (con mayúscula inicial).
Encontré en su lugar una horrible ruina de lo que fue la última pantalla grande de Barranquilla.
Y es que si sacamos al Rex y el Royal, con sus avisos cada vez mas pequeños anunciando la sordidez de sus títulos como “Nalgas en delirio” o “Ansias de más”, los cines de pantalla grande han muerto por razones que no conozco y ansío averiguar. Los remedos de pantalla que quedan en minúsculas salas apenas más grandes que la pared de la sala de una casa del centro viejo, no merecen recibir la proyección de una película de calidad, y parecen saberlo los distribuidores, pues el cine comercial es lo que impera en Barranquilla. Con proyectores que más parecen video-beams que amplificadores de celuloide. Boletas caras, cuyo precio te obligan a tragar con un método sospechosamente parecido al cuento “El Traje Nuevo del Emperador”, pues con el supuesto de mejor comodidad, pagas el lujo del centro comercial cada vez que vas a ver Rattatouille.
Quedan en mi memoria el estreno de Matrix en el Capri, cuando los trabajadores estaban vestidos como agentes. O el estreno de TimeCop en los Cinemas, en la que la fila para entrar llegaba hasta lo que ahora es la entrada a la Iglesia Universal Del Reino de Dios. O las promociones de mediados de los ‘90s en los que al salir del colegio, pasabamos toda la tarde viendo películas…y ganábamos el año.
La primera película que ví en pantalla grande fue Tiburón (no se que número, era un bebé), y la última fue Unknown en el Metro. El Metro.
La esperanza:
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